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jueves, 18 de noviembre de 2010

EL ANGEL ATAHUALPA

La felicidad esta en lo profundo de nuestro ser,transita dentro de ti
.y el momento es cualquier instante
entras en el y cual arco iris 
que cruza los espacios grices de tu cielo 
tiñendo de belleza multicolor
una Alianza de Dios con el hombre
alianza de amor y paz 
alianza de regocijo en el alma
de estar muy cerca a tu CREADOR
EL ANGEL ATAHUALPA
Para tomarle el pelo sus compañeros lo llamaban Atahualpa, como el último emperador de los incas. En realidad era un chico de seis o siete años, nacido con una pierna más corta que la otra y una pequeña joroba en la espalda. No había conocido a su padre, y su madre murió a los pocos años de su nacimiento. Pasaba los días con una tía que, de cuando en cuando, le daba algo de comer. Pero cuando no tenía nada, le decía:
«Tienes piernas, ¡camina! Tienes manos, ¡arréglate!». Entonces Atahualpa se marchaba saltando como un pajarillo con frío, con su pierna más corta y la pequeña joroba que le pesaba como si llevara un fardo.
Aunque era pobre y despreciado, Atahualpa estaba siempre contento, especialmente cuando encontraba algún choclo para comer u otro fruto que le quitara el hambre y la sed.
En uno de sus continuos ir y venir, llegó un día a Pozuzo, un valle verde adonde, poco tiempo antes, habían llegado unos hombres blancos y de ojos azules. Ellos, con sus potentes hachas, habían cortado la floresta creando inmensos pastizales.
«Qué hermoso es este valle, y también el poblado de los hombres blancos de ojos azules!, suspiró Atahualpa. Me dan ganas de acercarme a su casa grande que tiene al lado una torre que termina en punta. Quién sabe qué será».
Poco a poco, el pequeño se acercó a la casa grande. ¡De verdad era hermosa! Luego, temiendo ser descubierto, esperó que se hiciera la noche para regresar sin ser visto. Pero la noche cayó y él se quedó dormido.
A mitad de la noche, lo despertó el sonido de las campanas. Se frotó los ojos y miró a su alrededor. Vio mucha gente que salía deprisa de sus casas. Todos estaban contentos y, tomados de la mano, se dirigían hacia la gran casa conversando alegremente.
«¿Por qué estarán tan contentos?, pensó el pequeño. Y casi sin darse cuenta entró en el grupo. «Al fin –pensó–, soy tan pequeño y delgado que puedo entrar sin ser notado. Además, todavía está oscuro».
La gente entonó un canto lento y dulce, acompañado por un sonido melodioso que parecía venir de otro mundo.
«Qué maravilla –suspiró el chico–, yo no me muevo de este rincón». Pero el asombro estaba apenas en sus inicios. De pronto, al dar la medianoche, un rincón de la casa grande que hasta el momento había permanecido en la oscuridad se iluminó mostrando a una mujer, un hombre y un niño rodeados de un burro y un buey, pastores y ovejas. Sobre la cuna del niño algunos ángeles se movían en círculo, como si estuvieran cantando una canción al pequeño.
«Oh», exclamó Atahualpa; y, deslumbrado por aquel resplandor, sintió que se desmayaba. Cuando abrió los ojos, la casa grande estaba desierta. Sólo la mujer, el hombre y el niño estaban allí, envueltos en un haz de luz. Y sobre la cuna, los ángeles seguían moviéndose dulcemente.
Viendo que ya no había nadie, Atahualpa se animó y se acercó a la extraña familia. Su casa era pobre, como la de la tía. Miró la carita del niño mientras pensaba: –«¡Qué hermoso eres! Me gustaría tocar tu mejilla con mi dedo». El niño, con los brazos extendidos, parecía decirle: –«¡Inténtalo! Acércate y hazme compañía; Atahualpa, te quiero ¿sabes?».
«¿Cómo sabes mi nombre? También yo te quiero, pero no me atrevo a tocarte. Quizá tu madre se moleste».
«No me molesto Atahualpa –respondió la madre–; al contrario, me daría gusto que te le acerques».
«Gracias, gentil señora. Viendo que usted es tan buena, me atrevo a pedirle un favor».
«Dime, Atahualpa».
Si usted lo permite, quiero ser como uno de esos angelitos que rondan la cuna de su hijo... Así estaré siempre cerca de él», dijo.
La madre sonrió y con la mano acarició su cabeza.
A la mañana siguiente Pablo, el sacristán, con voz asombrada llamó al misionero y le dijo:
«Padre Hugo, padre Hugo, mire usted, hay un niño que duerme con la cabeza apoyada en el pecho de Jesús».
El misionero corrió y, pasado un instante, dijo:
«No duerme, está muerto... Pero, ¿de dónde ha venido? Luego, levantando los ojos miró a los ángeles que daban vuelta alrededor de la cuna de Jesús.
«Pero cómo –exclamó–, yo he hecho seis y ahora hay siete».
Era la Navidad de 1938, pocos meses después de la llegada de los primeros misioneros combonianos a Pozuzo. La gente que venía a la misa de Navidad quedó admirada de cuanto había sucedido, y llamó a aquel sétimo ángel: «el Ángel Atahualpa».
Lorenzo Gaiga


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